Que dicha es que las voces sean difusas, y que no haya nada que pueda hacerse para no alterar la percepción de lo prohibido. Mientras me dispongo a abandonar lo iluso, ataca lo real y empiezo a creer que la envidia no se apodera de los envidiosos, sino de los fracasados, porque no hay peor desgracia moral que no enriquecerse con logros propios...
Aún cuando cese la divagancia de las bocas sin oficio, siempre quedaran los rastros de un pensamiento estúpido... Que lástima es que entre mis libertades no esté coser una boca...

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